Fran Lozano, es el creador del proyecto “Desconocientes”
Hoy conocemos sus difíciles experiencias de infancia, marcadas por el acoso escolar y el desarrollo de tartamudez y fobia social. Como éstas lo llevaron a buscar un refugio en el ilusionismo.
Fran nos explica que el dolor se transformó en independencia, lo que lo impulsó a comenzar a viajar solo desde joven, una práctica que le devolvió la confianza y lo ayudó a sanar.
Estos viajes y su trabajo como animador turístico, especialmente su estancia en Corfú, despertaron su necesidad de compartir historias y lugares poco comunes, culminando en la creación de “Desconocientes” como una filosofía de vida centrada en mirar el mundo sin prejuicios. El proyecto, cuyo nombre alude a la importancia de «desconocer» para ver la esencia, busca compartir perspectivas auténticas sobre destinos inesperados.
Pero nadie mejor que el propio Fran para darnos a conocer su historia
Aquí mi historia.
A lo largo de los años, he acumulado una serie de experiencias que han moldeado mi vida de maneras inesperadas. Desde mis primeros recuerdos hasta los momentos más desafiantes, he aprendido valiosas lecciones sobre la amistad, el amor y la resiliencia. Cada etapa de mi vida ha sido una aventura en sí misma, llena de giros inesperados y oportunidades para crecer. Las decisiones que he tomado, tanto las acertadas como las equivocadas, han contribuido a la persona que soy hoy. Recorrer este camino me ha permitido descubrir no solo mis fortalezas, sino también mis limitaciones, enseñándome que la vida es un viaje de autoexploración constante. Espero que al compartir mi historia, pueda inspirar a otros a reflexionar sobre sus propios caminos y a valorar cada momento que los lleva a su destino final.

Capítulo 1 — El niño que caminaba solo
Nací en Camas, un pueblo de Sevilla donde la vida transcurría con calma, pero mi infancia fue todo lo contrario.
Durante más de ocho años viví lo que hoy llamamos bullying. En aquel entonces no se hablaba de ello, solo se sufría en silencio. Compañeros de clase —y en algunos momentos incluso algún profesor— formaban parte de un entorno que me hizo sentir invisible, pequeño, aislado. Apenas tenía amigos. Los pocos juegos que compartía con otros solían acabar en traiciones o burlas.
Ese dolor, ese miedo constante, terminó dejando huella: desarrollé una tartamudez severa y una fobia social que me acompañó durante años. Me daba miedo hablar, estar con gente, simplemente existir en público.
Pero a los nueve o diez años, algo cambió. Descubrí la magia. El ilusionismo llegó como un rayo de luz en medio de tanta oscuridad. Era un juego, una afición… pero también un refugio. Una forma de expresarme sin palabras. La magia no solo me entretenía: me sanaba.
Con el tiempo, esa soledad obligada se convirtió en independencia. Empecé a hacer cosas que otros no se atrevían a hacer solos: ir al cine, salir de ruta, incluso viajar. A los 16 años ya cogía trenes con mis ahorros
para visitar a amigos en otras ciudades como Cádiz o Córdoba. Donde no había compañía, yo ponía coraje.
Sin saberlo, todo eso me estaba preparando para lo que vendría después: “Desconocientes”, un proyecto que nace precisamente de eso —del dolor, del crecimiento, del valor de recorrer caminos que otros no pisan.
Capítulo 2: El viaje que me salvó
No recuerdo exactamente cuál fue mi primer viaje solo. No recuerdo el destino, ni el tren que tomé, ni siquiera si dormí fuera. Pero lo que sí recuerdo es la sensación de libertad. Esa libertad de ir donde quisiera, de entrar en museos, perderme por plazas y sumergirme en historias que antes solo intuía.
Tenía 16 años cuando empecé a hacer esas primeras excursiones. No eran grandes viajes, pero sí los primeros pasos de algo mucho más profundo: mi independencia. A los 18, ya trabajaba como monitor en campamentos y como animador turístico en hoteles fuera de Sevilla. Y así, cada destino se convertía en una nueva aventura.
Viajar era emocionante, pero trabajar con niños tenía algo especial. Era como reconciliarme con mi propio yo infantil, como intentar que nadie pasara por lo que yo pasé. Sumaba la magia —esa que me salvó de pequeño— con mis ganas de ayudar. Iba a hospitales, a residencias, y sobre un escenario descubrí algo mágico: cuando actuaba, no tartamudeaba. En el escenario era libre.
Mis trabajos me llevaban a lugares nuevos, desde pequeños pueblos de Tarragona hasta hoteles costeros.
Aprovechaba mis días libres para descubrir pueblos cercanos, subir a barcos que ofrecían mejillones y atardeceres, o simplemente conocer a la gente joven de una plaza cualquiera. Y con cada viaje, ganaba confianza.
No conocía a nadie, pero me bastaba una baraja para romper el hielo. La magia me abrió puertas, y sin darme cuenta, empecé a convertirme en alguien extrovertido. Subía fotos, compartía mis experiencias, organizaba mis propias aventuras… y todo eso, sin depender de nadie.
Viajaba solo, sí. Pero en el camino, nunca me sentí solo.
Capítulo 3: Lo que se desconoce
Desconocientes no nació en mis primeros viajes. Ojalá. Hay tantas historias, anécdotas y locuras que viví y que jamás llegué a contar en el canal… que a veces me pesa no haberlo creado antes.
Mucho antes de abrir Desconocientes, ya había viajado solo a Alemania, había caminado por las calles de Berlín, me había perdido en Londres o en Southampton. Recuerdo ese viaje especialmente porque, irónicamente, no quería ir a Londres. No me atraía. Lo que había estudiado me daba la sensación de que todo allí giraba en torno a la monarquía: desfiles, guardias, protocolos… parecía una ciudad montada para el espectáculo real. No era mi estilo de viaje.
Pero estando cerca, algo me dijo que no podía perder la oportunidad. Organicé el viaje en cuestión de horas y, en solo dos días, descubrí una ciudad que me rompió todos los prejuicios. Museos espectaculares, rutas temáticas, leyendas, fantasmas, Jack el Destripador… Londres se convirtió en una experiencia transformadora.
Capítulo 4: Corfú, el paraíso que me despertó
Era 2021. Llevábamos más de un año encerrados por la pandemia, y yo estaba harto. Harto de sentirme atrapado, de posponer sueños, de mirar por la ventana imaginando paisajes que no podía tocar. Entonces, sin pensarlo demasiado, tomé una de las decisiones más impulsivas y emocionantes de mi vida: acepté un trabajo en la isla de Corfú, en Grecia.
No fue solo un cambio de país. Fue un cambio de vida. Me fui solo, a un lugar desconocido, para trabajar en un resort. Allí no solo viví, experimenté: aguas turquesas, playas que parecían sacadas de una postal, acantilados infinitos, pueblos con historia, ruinas, olores nuevos, idiomas, sonrisas de gente que no conocía pero que parecía llevar en el alma.
Y como no podía ser de otra forma, empecé a contar lo que vivía. Primero en mi Instagram personal, luego en forma de pequeños blogs, incluso probé con YouTube, aunque dejaba los vídeos en privado. Pero esa necesidad de compartir, de que otras personas también pudieran descubrir esos lugares, ya se había despertado.
Recuerdo especialmente una aventura: visitar una isla abandonada y descubrir su historia. Me sentía como un explorador. Cada día era un capítulo nuevo. Y sin darme cuenta, amigos, conocidos y familiares comenzaron a preguntarme:
—Oye, ¿tú que viajas tanto, cómo llego a este sitio?
—¿Dónde te alojaste? ¿Qué me recomiendas?
Sin quererlo, me había convertido en un referente viajero para la gente de mi entorno. Y fue ahí, en ese momento, entre reflexiones en la playa, mapas abiertos y mensajes respondidos, donde la idea de Desconocientes empezó a tomar forma.
No lo sabía aún, pero esa isla, ese viaje, sería el origen de algo mucho más grande.
Capítulo 5: Nace Desconocientes
Desconocientes no nació de la nada. Fue la mezcla de todo un camino recorrido. Del niño que sufrió en el colegio y encontró en la magia una vía de escape. Del joven que empezó a viajar solo para conocerse mejor.
Del animador que recorría pueblos trabajando con personas. Del viajero que descubrió que los mejores tesoros están justo donde nadie mira. Todo eso fue el germen silencioso que, sin yo saberlo, estaba gestando algo más grande.
Cuando volví de Grecia, después de esa experiencia que cambió tanto mi forma de ver el mundo, supe que había llegado el momento. Tenía que crear algo. Algo que reuniera todo lo vivido, todo lo aprendido, todo lo sentido. Así surgió la idea de crear un canal. Aunque estaba acostumbrado a viajar solo, esta vez no quería
hacerlo completamente en solitario. Al principio conté con la colaboración de una amiga, que me ayudó muchísimo a arrancar. Pero poco a poco me di cuenta de que cada vídeo, cada historia, cada ruta… hablaban de mí. De mis viajes, de mis descubrimientos, de mis estudios sobre leyendas, historia, cultura. Era mi vida, mi mirada.
Por eso, con el tiempo, decidí continuar el proyecto solo. Como había sido mi vida: con mis pasos, mis rutas, mis decisiones.
El nombre Desconocientes surgió de una idea muy clara. Muchas veces decimos “eso ya lo conozco”, y dejamos de mirar. Damos por hecho lo que creemos saber. Pero ¿y si para conocer algo de verdad hay que aprender a desconocerlo primero? ¿Y si hay que borrar los prejuicios para ver la verdadera esencia de un lugar, una persona, una historia?
Desconocientes no existe como palabra en el diccionario. Pero para mí, lo es todo. Es un concepto, una forma de viajar, una filosofía de vida. Significa romper con lo sabido para volver a mirar con ojos nuevos. Porque el mundo nunca se termina de conocer. Porque siempre queda algo por descubrir.
Y así nació Desconocientes: no como un canal, sino como una invitación a mirar de nuevo el mundo con la curiosidad de quien nunca ha estado allí.
Capítulo 6: Un viaje sin final
A día de hoy he recorrido países como España, Portugal, Andorra, Francia, Italia, Eslovenia, Alemania, Inglaterra o Marruecos. He vivido experiencias que ni en mis mejores sueños habría imaginado: dormir en medio del desierto, cruzarlo en camello, perderme en cuevas, descubrir leyendas olvidadas, contar historias en bosques, pueblos, plazas o incluso en aeropuertos.
Viajar me ha enseñado que no todo está en las grandes postales. A veces la esencia está en lo pequeño, en lo escondido, en lo que nadie mira. Eso es lo que intento transmitir con Desconocientes: una forma distinta de mirar el mundo.
No busco mostrar lo típico, sino lo auténtico. No busco enseñar, sino compartir. Y si con cada vídeo, con cada historia, consigo despertar la curiosidad o la emoción en alguien, entonces este proyecto ya tiene sentido.
¿Es este el final?
No. Es solo una pausa entre capítulos.
La aventura continúa.



